sábado, 21 de enero de 2012

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                                  que en paz descanses Megaupload; tus amigos te recordaremos.

martes, 17 de enero de 2012

Fragmento de GOEBBELS BLUES (nouvelle)



Durante nuestra primera cena con Anri y Megumi (un ramen con naruto), en compañía de Inu Zambrano, el gato gris de esta última, charlamos sobre lo extravagante del famoso escritor Yukio Mishima; su hiperactividad (quizás la anécdota ejemplar de este aspecto sea la que lo describe organizando tres eventos, en un edificio, a la vez,: abajo, una entrevista para promocionar un libro; en uno de los pisos intermedios, la puesta de una de sus obras teatrales; y en la azotea del edificio, una parada militar con su pequeño ejercito (incluyan por favor, cuando lo imaginen al eufórico Mishima subiendo y bajando, los respectivos cambios de atuendo); su obsesión en los últimos años con la belleza grecorromana del cuerpo masculino, convirtiéndose finalmente él mismo en físico-culturista (durante muchos años, la entrada físico culturista del diccionario japonés estuvo acompañada por una foto de Yukio Mishima); su gusto por la literatura francesa, en particular por Flaubert y Sade; su versión fotográfica del San Sebastián de Guido Reni, interpretada por él mismo (su obsesión con el sobaco izquierdo del mártir, que tiene clavada una de las tres flechas); su exposición frente a cientos de militantes radicales de izquierda en la universidad; su ejercito personal (la Sociedad del Escudo), sí, el primer, el único escritor con una tropa propia; ¡cuantos quisieran! (bueno, D’annunzio tuvo una ciudad-estado; está Julio Cesar; Trotsky mismo, fue general y escribía bien; Sarmiento fue presidente de todos los argentinos; Vargas Llosa quiso serlo de los todos los peruanos pero no pudo; da igual, esas son otras historias, o no); su espectacular seppuku (suicidio ritual japonés por desentrañamiento), planeado hasta en los más mínimos detalles, al menos diez años antes de que finalmente sucediera. También hablamos de bananas. De Melt Banana, la banda de noise, y de Banana Yoshimoto y de los libros suyos que conocíamos (yo sólo conocía uno), y de su padre, Takáki, el filosofo y poeta, héroe del 68 japonés, y de su hermana, Haruno Yoico, la mangaka preferida de Anri. ¿Por qué se había puesto Banana de nombre artístico? Porque le gustaba la flor del banano, por eso; así son los japoneses. A propósito del personaje de su novela La última amante de Hashiko, hablamos de su homónimo, Hashiko el perro, el perrito fiel como le decían en Japón, el que había esperado a su amo en la estación de trenes de Shibuya durante nueve años, sin saber que este, un profesor de agronomía llamado Hidesaburo Ueno, ya había muerto de un derrame cerebral mientras daba clases; en la estación, justo en el lugar en donde él se ponía a esperar a su amo, sin saber que nunca regresaría, le levantaron un monumento a Hashiko; todos los 8 de marzo se lo conmemora. Las dos chicas opinaron que la película japonesa de los 80 basada en la historia de Hashiko era mejor que la reciente con el actor budista Richard Gere. Yo les conté que en la ciudad de la que venía, Rosario, en Argentina, en el Cementerio de La Piedad, un collie esperaba a su amo desde el día de su entierro, en 1995. Y más tarde comentamos la frase con la que Oé termina su primera y brutal novela Arrancad la semilla, fusilad a los niños, que los tres habíamos leído. La frase dice así: Me levanté, con los dientes apretados, y eché a correr entre las hierbas y bajo los árboles hacia el interior cada vez más oscuro y tenebroso del bosque… Final de la novela. Con bruxismo y puntos suspensivos. Durante el postre seguimos con el tema de los libros que recordábamos terminados en puntos suspensivos (como el de Oé). Fumamos una pipa y yo entoné el cantito eh oé salchichas con puré: ¡eh! / eh oé salchichas con puré: ¡eh!; y me reí solo. Expliqué lo del Oé escritor y el oé de las salchichas con el puré; pero fue peor. En mi pésimo inglés, creo, habían comenzado a detectar proposiciones surgidas de la mente de un maniático sexual. Les explique, simplemente, que era una canción de niños. Y por el tema de los niños (también tratado en esa novela y en otras de Oé) llegamos al mundo de los idols japoneses. 

        

sábado, 14 de enero de 2012

LITERATURA, CARIES


1 / Sala de espera

Hace unos meses se pudieron ver por un canal de cable (creo que por Encuentro) unas entrevistas a varios escritores famosos, o muy famosos; a verdaderos dinosaurios de la vieja escuela. Unas charlas en blanco y negro con los clásicos modernos, en las que se podía apreciar al objeto-persona en uso de todas sus facultades públicas. Además del contenido hablado y expresado en gestos por los escritores, en estas apariciones televisivas, una cosa llamó poderosamente mi atención: muchos de ellos (sin ir más lejos, dos referentes como son Julio Cortazar y Jean Paul Sartre) tenían la boca hecha un desastre: los dientes manchados y cariados, cuando no ausentes.

Y al ver esas dentaduras estragadas en la tele, me acordé de un par de escritores, actualmente en servicios, a los que vi en persona. De cerca y sonriendo: Cesar Aira y Federico Jeanmaire. Los dos con el mismo problema de Sartre, de Cortazar y de tantos otros. Una dentadura hecha bolsa, por la literatura.

¿Desidia higiénico dentaria por parte de los escritores? También podría ser que como todas las profesiones, la de escritor, trajera aparejada una que otra deformación patológica. Como los dedos del pianista, que se van haciendo artrósicos; como el labio del trompetista, que se va hinchando; como los deformes y cayados pies de las bailarinas; como los pulmones del minero, que se van convirtiendo con la piedrilla. Así, los dientes de los escritores se van amarilleando, cariando y cayendo. Y su espalda cría joroba, el cuello se les hunde en el pecho. Los famosos gajes del oficio, la famosa deformación profesional.

¿Será el trabajar con las palabras el que hace que los dientes, ahí tan cerca, en el filo de la boca, sintiéndolas pasar constantemente, sucumban a su acides, a su veneno?

Para el escritor francés Georges Perec, la letra hablada y la escrita no estaban tan distanciadas como uno se podría imaginar. Algo importante se mantiene. Y quizá sea eso, lo que se mantiene como emisión, el elemento corrosivo que posee el lenguaje, lo que tanto carea a los pobres dientes.

Perec, como muchos, se comía los libros. Y batalló con las caries como pudo. 

La literatura, como todo oficio sacrificado y peligroso, le cobra tarde o temprano al cuerpo la suma de sus pequeños, ínfimos, excesos. Caries, joroba... alcoholismo. Por supuesto, también están los problemas de la visión. No tenerla: quedarse ciego como Borges y Joyce. No controlarla: ver visiones como San Juan, Ezra Pound y Phillip K. Dick. Pero los dientes son un talón de Aquiles del literato. A menos que sea como dice Epicuro en sus Máximas capitales: “Las enfermedades muy prolongadas ofrecen en la carne aún más placer que dolor”. 

Podría ser. Qué masoca. Si lo pensamos unos segundos más, este lugar de patología placentera parece estar ocupado, en el campo literario, por La Locura; no por los desastres dentarios.

Pero cuidado: que los locos y la caída de los dientes son parte de un mismo kit, forman parte de un mismo conjunto.

En la institución psiquiátrica, languidecerá el trabado por la lengua. Con flores negras de maldad (porque sépanlo: las personas que sufren son malas: no pueden, ni quieren, ser buenas) cada tanto brotándole en el trato con los enfermeros y con las pocas visitas. Perderá una a una, o de dos en dos, todas las piezas, y las encías peladas serán la prueba de su derrota en la lucha por la supervivencia. Por eso, inversamente, la gigantesca sonrisa publicitaria, histérica, es la muestra de la voracidad de los tiempos: Predadores y perdedores.

En Doctor Pasavento(2005), una novela del escritor español Enrique Vila-Matas que trata sobre un escritor intentando desaparecer, alguien dice que en el mundo actual, en los albores del milenio, el lugar del poeta, es el loquero.

Comprobamos. Ahí está Artaud desdentado, hablando la lengua de las cañerías corporales, todavía enchastradas con la borra del peyote. Y ese centro corporal es lo que ulcera la boca. Las palabras vienen ahora del estómago, no más del cerebro. La bilis quema las encías y pudre los dientes.

Y Nietzsche como una cabra, hinchado y desdentado, inmóvil, en casa de su madre. Puteando a Sócrates y a Jesucristo en el interior del bunker quemado de su cabeza. Podemos ponerle uno de esos globos de pensamiento que aparecen en los comics, y dentro, escribir el anti-poema de Nicanor Parra, quien también bastantes problemas con su dentadura ha tenido, y que dice así: “Supongamos que es un hombre perfecto/ supongamos que fue crucificado/ supongamos incluso que se levantó de la tumba/ -todo eso me tiene sin cuidado-/ lo que yo desearía aclarar/ es el enigma del cepillo de dientes/ hay que hacerlo aparecer como sea”. Meses atrás de está decimonónica escena de historieta, una de las últimas voluntades del Federico Nietzsche, efectuada, fue intentar morder a un caballo, en el cuello, en la vía pública. La voluntad de morder.

Un capítulo de Lógica del sentido, libro del filósofo francés Gilles Deleuze, en el que se habla de Scott Fitzgerald, de su grieta (El Crack-up), en donde se habla de su Gran cañón y del alcoholismo y del fracaso, del esmalte de la superficie y de qué pasa cuando este se agrieta, se rompe y se profundiza un cráter, ese capítulo decíamos, se llama Porcelana y Volcán.¡En clara alusión a las caries en las muelas, a la mala dentadura, bucal y espiritual! Otra novela que se menciona en ese capítulo es Bajo el volcán, de Malcom Lowry, y otra imagen, la del título, que remite a una muela con un volcán de infección y dolor. En una página de esa novela, blanca como diente de leche, Lowry escribe: “Ivonne ardía en deseos de curar la roca desgarrada”. ¡Esa tal Ivonne seguro que es dentista! En el mismo capítulo se menciona la erosión del pensamiento declarada por Artaud; las caries en el alma del actor francés. Y en el final, un plano corto a Burroughs y su búsqueda de la gran Salud. Y luego, la enigmática frase de cierre de Gilles (que no era ninguna multiplicidad de giles): “Ametrallamiento de la superficie para trasmutar el apuñalamiento de los cuerpos, oh psicodelia”. Y más. La frase con la que se inicia esta vigesimosegunda serie (los capítulos del libro de Deleuze son series de paradojas), es de Fitzgerald, y puede describir a la perfección lo que pasó en la boca de Cesar Aira, más no en sus novelitas: “Evidentemente, toda vida es un proceso de demolición.”

Lo que en los Cantos de Maldoror (esa caja negra del vuelo y del estrellamiento de un yoruga, de un yo-oruga, conocido como el Conde de Lautréamont) se dice de los dientes y de la locura, mejor leerlo en persona. Para muestra de por dónde hace salir a sus cantos el conde, nacido como Isidore Duchase, vamos con esto: “¿A dónde ha ido  este primer canto de Maldoror desde el momento en que su boca, llena de hojas de belladona, lo dejó escapar…?” ¡Ojo!: esa lectura trae caries físicas y mentales.

Pacto de amor, la película que filmo Cronemberg sobre el tema del doble, lo tiene a Jeremy Irons haciendo de dos gemelos dentistas muuuy limados. Una recomendable enfermedad placentera, epicúrea. Se cura con reposo.
 
Son numerosísimos los ejemplos de este cruce desfavorable para la dentición que se pueden encontrar en las páginas y en las biografías de los escritores. Por ejemplo: la dentadura postiza más cara de la literatura de estos tiempos, y la más comentada en las revistas del gremio, es la de Martín Amis, el escritor ingles, niño terrible, pornógrafo y políticamente incorrecto, cuna de oro literaria (es el hijo del escritor  de la corona Kingsley Amis). Después de implantarse la nueva dentadura, se ve que el británico se sintió más cánido que nunca, porque a su nueva novela le puso Perro callejero. Espuma rábica champañoza y ladrido pornográfico, desde la porcelana millonaria.

Sí, me pregunté en su momento lo mismo que seguramente se preguntarán ustedes: ¿Por qué tanto mambo con el asunto de los dientes?



2 / Tratamiento de conducto

Se extirpa la raíz (por succión), y el hueco que queda, es rellenado con un material artificial, un cemento. Luego se pondrán fundas que tapen, renovando la imagen del ex-diente, renovando la sonrisa tan necesaria, el simpático escudo. El tratamiento de conducto es, en literatura, todo un tratamiento de conducta. La trilogía de Henry Miller, sin ir más lejos, llamada La Crucifixión Rosa (Sexus, Plexus y Nexus)es un tratamiento de conducto, igualito al que acabamos de describir. Por si quedaran dudas, si buscan mill en un diccionario de inglés, dirá algo así como: molino, fábrica, taller, moler, triturar, aserrar. Cualquiera que haya atravesado por la experiencia de un tratamiento de conducto sentirá la conexión de estos sonidos, el sentido albergado en estas palabras. El escritor norteamericano que emigró a París para escribir el último libro y vivir la vida del pigmeo, ya estaba listo, con reforzada dentadura de lobo, para devorar páginas y escribir sus Trópicos.   

Después están los dientes con conducto, que tanto le han reportado a la historia de la literatura: hablamos, claro, aunque mejor no tan claro, de los colmillos del vampiro. Los dientes con conductos de sangre. La extraña conducta. Por los conductos de la historia, esta topera, por el hormiguero que se presume dios, algo avanza, se escande al vacío, vino o veneno. Vino es veneno. Y los dientes, cariados, intentando hacer segmentos. Segmentarizar, segmentalizar. Poe mordió a Baudelaire. Baudelaire mordió a Verlain y a Rimbaud, que también se mordieron entre ellos, y mordieron a Mallarmé, que debe haber mordido a un inmigrante de la Europa del este, a un Dada. Alfred Jarry se mordió a sí mismo; aunque se dice que los mordió telepáticamente a Artaud y a Jean Cocteau. Etcétera. El resto es pandemia.    



3 / Extracciones


De Lo cristalino, relato de Fowill (2008).  Situación dentaria social. Un pintor reflexiona, con la gelidés canchera típica de Fowill, sobre la cubierta de un barco frente a los glaciares de la patagonia, después de ver a unos turistas-ancianos norteamericanos sonreírse los unos a los otros:

“Entonces descubrió los dientes: los jóvenes tenían dentaduras normales y relativamente bien cuidadas, en cambio los viejos mostraban bocas de una exagerada perfección, efectos de las prótesis y las coronas de porcelana que recubrían sus dientes opacados por el tiempo. Era algo natural: a la edad en que la propia dentadura decae, decaen también los desafíos de la vida y las posibilidades de seguir ascendiendo socialmente y de competir en el mercado de  los valores convencionales. Entonces las mascaras dentarias, la cirugía y las prótesis bucales serian el medio más eficaz para producir algún cambio en los efectos que uno produce sobre los otros: vos sonreís y el otro te sonríe y su respuesta estimula más ganas de sonreír a la edad en que los ahorros y la nueva dentadura son los últimos motivos de satisfacción que te quedan.”


Del libro de Daniel Durand Ruta de la inversión (2007), el poema Miro la luna mientras se me caen los dientes. Situación dentaria individual. En este breve poema, el escritor de Concordia, Entre ríos, traductor de Tu Fu, ubica en la estantería del deterioro al    ancho tomo del tiempo. Al paso de ese río, que se lleva sus piezas dentarias, lo saluda como un buen poeta chino, mirando la pálida esfera nocturna. Y de paso cañazo, como plus, la experiencia física, sensible, de desdentarse, refiere a cierto quehacer poemático:
                
                 “ Es jueves mañana tendré 43 años,
                    arriba me quedan sólo cinco dientes
                    que se mueven, todo el tiempo los aflojo…
                    muevo y remuevo con la lengua, a eso me dedico…
                    muevo el diente flojo, lo aflojo
                    hasta que de tanto movimiento
                    los lazos se van cortando, los nervios se van muriendo…
                    la muela al fin cede a la presión de la ansiedad
                    y sale, es arrancada, finalmente…
                    miniaturas del alma,
                    muelas que van cayendo
                    de mi boca…  
                    Por estos días remuevo
                    El colmillo derecho que todavía tengo…
                    La luna llena de hoy atraviesa la noche,
                    Mañana ocurrirá el mismo espectáculo
                    cuarenta y cinco minutos más tarde
                    con mucho menos fulgor…”


De A propósito de dientes, relato del libro Corazón doble de Marcel Schwob. Un tipo que acaba de fumarse un puro es abordado en la calle por un desconocido que lo advierte del peligro de que una gingivitis alveolar infecciosa ataque sus dos incisivos que ya están cariados. El tipo abordado le responde con la historia de un pariente suyo que en una batalla frenó una bala que iba directo al cerebro con los dientes, mordiéndola. Así y todo, termina aceptando temeroso la invitación que el desconocido le hace para su consulta: se trata, luego nos enteraremos, del Dr Esteban Winnicox, cirujano dentista. Apenas transpuesta la puerta del consultorio, se sucede una grotesca intervención con la mediación de los últimos avances en el tratamiento de las caries (estamos a finales del siglo XIX). Agujeros con tornos a vapor, soldadura y laminado de oro, y hasta un martillo neumático, son de la partida. Todo para que, luego de romperle y vaciarle los dos incisivos al tipo del puro, el Dr Winnicox se de cuenta de que, lo que el había visto en la calle como caries, eran pequeños trozos de hoja de tabaco. Así y todo, le comunica a su paciente que va a cobrarle por las cuatro horas que han pasado, 200 francos. Cuando el (cada vez menos) paciente se abalanza sobre el doc, con el martillo neumático en las manos, dispuesto a vengarse, se da cuenta de que el Dr Winnicox… no tiene dentadura. El cuento termina con unas reflexiones de Schwob sobre la verdadera naturaleza de las ocupaciones: “Ahora me doy cuenta de por qué los fabricantes de pelucas son calvos, por qué los barberos son lampiños y por qué los músicos que inflingen a nuestros oídos las más refinadas torturas,  gozan de una precoz sordera. (…) Son así para que los clientes no puedan vengarse”. En el último párrafo, el protagonista decide irse a vivir a América con los indios Siux, prometiendo volver con su tomahawk (hacha de piedra) para arrancarle el cuero cabelludo a Esteban Winnicox. Eso sí, teme de que este se haga peluquero.


De Amuleto (1999), novela de Roberto Bolaño. En esta novela corta del chileno, como diría William Shakespeare, el tiempo se ha salido de sus goznes. Auxilio Lacouture, una poeta uruguaya residente en México, que se presenta como la madre de todos los poetas mexicanos, pasea por el tiempo, en ambos sentidos, en amplios sentidos, hacia su pasado y hacia su futuro, “como si hubiera muerto y contemplara los años desde una perspectiva inédita”, desde un presente en los baños de la UNAM (Universidad Nacional de México) durante los trágicos incidentes de septiembre del 68, mientras los granaderos (la cana) entran y reprimen, más a siniestra que a diestra, en toda la universidad. Muertos por el ejército: unos pocos en las facultades, muchos en la plaza de Tlatelolco. Auxilio está escondida en el wc, sentada en el inodoro, y se hace a la idea de que va a tener que pasar un buen rato ahí. Su primer pensamiento para ganar tranquilidad es para sus dientes perdidos, temática que refleja al propio autor de Amuleto y su mala relación con las teclas de la boca:
           
“Me puse a pensar, por ejemplo, en los dientes que perdí, aunque en ese momento, en septiembre de 1968, yo aún tenía todos mis dientes, lo que bien mirado no deja de resultar raro. Pero lo cierto es que pensé en mis dientes, mis cuatro dientes delanteros que fui perdiendo en años sucesivos porque no tenía dinero para ir al dentista, ni ganas de ir al dentista, ni tiempo. Y resultó curioso pensar en mis dientes por que por una parte a mí me traía sin cuidado carecer de los cuatro dientes más importantes en la dentadura de una mujer, y por otra parte el perderlos me hirió en lo más profundo de mí ser y esa herida ardía y era necesaria e innecesaria, era absurda. Todavía hoy, cuando lo pienso, no lo comprendo. En fin: perdí mis dientes en México, como había perdido tantas otras cosas en México (…)
 Y la perdida trajo consigo una nueva costumbre. A partir de entonces, cuando hablaba o me reía, cubría con la palma de la mano mi boca desdentada, gesto que según supe no tardó en hacerse popular en algunos ambientes. Yo perdí mis dientes pero no perdí la  discreción, la reserva, un cierto sentido de la elegancia .La emperatriz Josefina, es sabido, tenía enormes caries negras en la parte posterior de su dentadura y eso no le restaba un ápice a su encanto. Ella se cubría con un pañuelo o un abanico; yo, más terrena, habitante del DF  alado y del DF subterráneo, me ponía la palma de las manos sobre los labios (…)
Podían decir (y reírse al decirlo): ¿cómo consigue, Auxilio, aunque tenga las manos ocupadas con libros y con vasos de tequila, llevarse siempre una mano a la boca de manera por demás espontánea y natural?, ¿en dónde reside el secreto de ese su juego de manos prodigioso? El secreto, amigos míos, no pienso llevármelo a la tumba (a la tumba no hay que llevarse nada). El secreto reside en los nervios. En los nervios que se tensan y se alargan para alcanzar los bordes de la sociabilidad y el amor. Los bordes espantosamente afilados de la sociabilidad y el amor.
Yo perdí mis dientes en el altar de los sacrificios humanos.”          

En una de las últimas conferencias que dio Roberto Bolaño, titulada Literatura + Enfermedad = Enfermedad, recogida en el tomo El gaucho insufrible, y a propósito del disparador  enfermedad y viajes, el escritor hace balance del desgaste de su salud acarreado por una vida de intemperie y nomadismo (vida que volvería a repetir, según escribe, páginas más adelante, alrededor de un poema de Mallarmé):

“Resultado: De niño, grandes dolores de cabeza que hacían que mis padres se preguntaran si no tendría una enfermedad nerviosa (…) De adolescente, insomnio y problemas de índole sexual. De joven, pérdida de dientes que fui dejando, como miguitas de pan de Hansel y Gretel, en diferentes países (…)

Y más adelante, como para que no parezca sólo la triste historia de alguien enfermizo:

“Incluso la perdida de dientes para mí era una especie de homenaje a Gary Snyder, cuya vida de vagabundo zen lo había hecho descuidar su dentadura (...)”



4 / En torno

- El cantante de la banda Gorillaz es un desdentado cool.
- En los 3 chiflados siempre hay escenas de dentista.
- Wittgenstein, en alguno de sus textos, da el ejemplo del dolor de muelas intransferible; doloroso solipsismo lógico.
- Jack London se arrancó algunas piezas solo, durmiéndose la boca con nieve de Alaska.
- “Lo Irreparable roe con sus dientes malditos/ nuestra alma, triste monumento, / y a menudo ataca igual que la termita, /al edificio por los cimientos. / ¡Lo Irreparable roe con sus dientes malditos!”: Charles Baudelaire, Lo Irreparable, Las Flores del Mal.
- Los dientes, su fácil degradación, son un punto flaquísimo en el diseño divino.
- Montaigne, en lo alto de la torre anexa a su castillo cercano a Burdeos, en la que inventó el género ensayístico, lidió con un persistente dolor de muelas.



Que pase el que sigue…

martes, 10 de enero de 2012

BARDEO Y RELANZAMIENTO DE ALEJANDRA PIZARNIK (2 APROXIMACIONES)



1 / Los escucha buscar a las afueras de un bosque

Primero una fábula supuesta: supongamos una pequeña casa hecha de silencio y páginas de silencio, en las lindes de un frondoso bosque. Hay un jardín en la entrada de la casa: son lilas. Rodeando el terreno, colgadas de los árboles, medio enterradas, tiradas por el suelo, paradas en suspenso, vemos incontables muñecas, en distintos grados de des-composición: mutiladas, partidas, quemadas, ahuecadas (muñecas vaciadas como si les hubiesen chupado el caracú), torcidas, entorpecidas, manchadas, rellenadas (insufladas: entre otros materiales, látex negro), diluidas, destruidas. Ella, la que construyó la casa de silencio, utiliza métodos-muñeca para sus desplazamientos de subjetividad. Por ejemplo el de las mamushkas, esas muñequitas rusas que están contenidas una dentro de la otra, y esta de otra, y esta de otra... (Ella también es hija de inmigrantes rusos). Ella es un yo buscado y fugado. Nunca en casa, siempre hacia el bosque. Un yo hecho perdigones imantados por los árboles y el vacío.

Una muñeca de esas que hablan con un disquito en la espalda, podría titular al paraje como El árbol de Diana; y luego podría intentar con El infierno musical. Son bellos nombres después de todo.

Adentro, la casita tiene espejos. No, mejor dicho, le gustan los espejos pero no puede tenerlos ahí porque los rompe. Ella, la habitante ausente de la casa, la que supo tener amor por los espejos, ahora sólo se multiplica en sombras. Sombras moran diseminadas por el bosque, esperando en su reverso.     

¿Cómo arribó la pequeña viajera a este lugar, a este bosque vaciado en la disonancia? Supongámoslo. Suponemos que llegó siguiendo una música, en un auto-stop surreal, persiguiendo una búsqueda que era música, hecha por un puñado de poetas, de camioneros malditos: sus bocinas, sus sirenas, sus cláxones (Lautreamont, Rimbaud, Verlaine, Valery, Jarry, Freud, Breton, Artaud, sólo por nombrar los acoplados más significativos en esta fábula de la viajada por la carretera perdida de la poesía). El tránsito de la bruma, la persecución de la persecución, de un día para el otro, eran El Plan.

¿Y qué buscaban los poéticos transportistas?: una mujer; una oscuridad transfigurada, una epifanía negra. Unas veces: desnuda aparecida en el bosque (Breton), otras: estatua onírica y de piedra (Baudelaire). También un instrumento superior de visión, o un autómata que se caza y cruza. Algunas veces a la mismísima Muerte. La tierra-muerte, la madre-muerte, la muerte-muerte, con sus manos frías en un cuerpo caliente.

Así llegó al lugar para huirse. Este bosque. Se internó entre los árboles, que bien podrían se (r) cadáveres (sola, ya que los poetas se quedaron girando incesantemente en torno del bosque, como fantasmas, sin conseguir introducirse), se fundió, o se confundió con el afuera, con su ausencia la casa. Quiso ponerse en el lugar de la desnuda, en el de la estatua onírica, en el de instrumento de visión, pero sólo se multiplicó fuera de sí, plaga de sí, hiperextranjera, muda, y aún muda, cantó: Maniquí desnudo entre escombros. Incendiaron la vidriera, te abandonaron en posición de ángel petrificado. No invento: esto que digo es una imitación de la naturaleza, una naturaleza muerta. Hablo de mí, naturalmente.

El encuentro no se concretó. Una triste imposibilidad se impuso a las ganas de la persecución, a las ganas de seguir con el viaje. No habrá reunión. Los poetas quedan estrujando vísceras invisibles delante de sus propios ojos, rodeando el bosque, sin entrar nunca, en un panicódromo, tomados por la locura, empotrados en la fiebre y en el delirio que esta conlleva. Mientras Ella se aleja, de la manera más rotunda: convirtiéndose en lejanía. Se borra, desaparece en los límites del bosque: La canción desesperada no puede decirse. La materia verbal errante no cesa de emanar del centro que no es centro, del mareo de las flores auríferas imbuidas del oro de los buscadores de oro.

Hay voces de otros desperdigadas en las copas de los árboles: su Palais du Vocabulaire. Y la casa, con su ausencia sentada en una silla, con puertas de sed, con un jardín de lilas. Y el bosque, lugar que habitará en forma de múltiples muñecas, en forma de vacío lleno de máscaras, y en forma de noche. Talvez, más que nada, de noche. Toda la noche escribo para buscar a quien me busca. Los escucha buscar a las afueras de un bosque: son los poetas/camión con acoplado que siguió. Parecen roedores con escafandras de palabras (en algunos casos directamente de gruñidos); buscan cerca de la ruta, sin conseguir entrar al bosque. Y en las lindes: Ella, sonámbula, recuerda que sigue ahí, entre la floresta. Hablo como en mí se habla. No mi voz obstinada en parecer una voz humana sino la otra que atestigua que no he cesado de morar en el bosque. Esa búsqueda es música.  Palabra por palabra yo escribo la noche...Un viento demente me desmiente. Me confino...no sé otra cosa que la noche oscura... en la noche del corazón / en el centro de la idea negra... Ella, será una bella durmiente trazando los mapas de una pesadilla. Será una caperusita roja, con colmillos de lobo en las manos en lugar de uñas, para arañar mejor el blanco de la página, en el centro de la pulpa, con esos pequeños poemas. Poemas negros arañados en el centro pálido de una página. Un cine invertido: si el cine convencional es luz proyectada sobre sombra, el de sus poemas es un cine de sombra proyectada sobre luz.

Luego, las partículas de luz negra fecundan el bosque, ahora desaparecido (porque ya no hay lugares a donde ir, porque ya no hay quien valla), poblándolo de sombras tan densas como una presencia, con órdenes expresas de permanecer ocultas. Ella está por todos lados y no está en ninguno. No hay plan. Ya no. Y las ramas dicen, en el eco de la chica perdida más ubicada: Grietas en los muros / negros sortilegios / frases desolladas / poemas aciagos. Y también dicen: hablará por espejos / hablará por oscuridad / por sombras / por nadie. Alejandra será unos Hansel y Gretel con diabetes.
        

2 / Una patotera con miedo

La actitud es de enfrentamiento, es en contra. A medida que Alejandra Pizarnik va publicando su obra, se suceden las máscaras, que a veces llegan al grado de escudos de choque. Primero es una muda que dice su imposibilidad de decir, una especie de prima o sobrina de Artaud (del Artaud de los tres primeros libros al menos, antes de que Antonin comenzara a hablar directamente con el cuerpo, en gruñidos y onomatopeyas). Después, Ella es el silencio, es decir, se auto-produce como silencio, las suyas son palabras desde el silencio, que la hacen hablar para callar; tal la fonotopía. Y siempre ahí esa tristeza, como emisión de fondo. Siempre es de noche en el poema, y el poema es la cápsula (por lo general pequeña, pulida al frío, con herramientas de cristal, o de hielo) en la que refugiarse del día; un ataúd para la luz. Y esa noche es inmensa al tacto, tiene algo así como una sed de morada, de refugio. La noche se le cierra como agua sobre una piedra / como aire sobre un pájaro. Mientras tanto, ella se ubica en la distancia que hay de la mano al vaso, y espera. Los trabajos y las noches, la tienen como vampira de sí, romántica y saturnina. Más adelante, intentos de extraer La piedra de la locura. Invocaciones (sentidas como vagas e inútiles en el mismo instante de su formulación). Desplazamientos de la subjetividad: "yo" se cae, yo se aleja, yo rebota, es comido y bebido y perdido, gastado y rechazado, se muere, desaparece cubierto por una maleza que crece, es tapado por una música que se va poniendo estridente, disonante. Es acá en donde comienza otra fase. Ella y su obra. El infierno musical.

Es una diferencia de velocidad lo que la ha extirpado de la música, dice, lo que la arroja en la disonancia: se multiplica en estruendos y sombras, con la arritmia del desasosiego. Sus herramientas mutan de mascaras a esperpentos. La silenciadora se pone poliglota y bizarra, se despliega (surgen largos textos en prosa, malvados y mutantes), en lo mucho, en lo demasiado. Una multiplicidad asechante se disemina. El silencio se va con lo multiple, y en la bombardeada trinchera del yo, quedan los aullidos destrozados, unas palabra que duelen; me comería la lengua, aúlla. Sí, ella se patotea a ella; y a través de ella, al mundo. Una guerra civil entre lo uno y lo multiple, por entre, detrás de las tripas, o vista a través de las tripas trémulas y moribundas, con personajes (ni tan sujetos ni tan objetos, ya que un sueño desase los contornos) que la pelean, la efectúan a esta contienda. Sumisa la niña muda / que habla en mi nombre, / me sierro, me defiendo, / cuando las cosas, / como hordas de huecos, / vienen a mi terror. El terror es para entonces su mejor enemigo, y ella no para de cantar su fuga (entonces, más que nunca, en el sentido de fuga de gas... que en cualquier momento explota). Fuga en esa pluralidad que exige el sacrificio de lo homogéneo, del centro, de lo único: esta multiplicidad es sustantivo y no adjetivo. No para de desollar muñecas con su rostro. De minar el campo. De esperar en lo oscuro con la valentía del miedo: Y qué vas a decir / voy a decir solamente algo / y qué es lo que vas a hacer / voy a ocultarme en el lenguaje / y porqué / tengo miedo. La actitud es dura, es de bruja. Su guerrilla comienza a funcionar en sombras que son espejos que finalmente no son nada. O son dolor, o su intento ventrílocuo de que este cese.

Como en esa canción de Bjork, en donde amenaza que no se metan con ella porque se van a encontrar con un "ejercito de míes" (Army of me), se desdobla y multiplica. Pero en nuestra poeta la disonancia y lo multiple no llegaron a manifestarse en esplendor festivo, exótico, o de reivindicación fina, dulce y ambigua de lo plural (propio o impropio) como en la cantante trip-pop islandesa. En nuestra poeta, el ejército de míes estaría formado por muchas Janis Joplin; y no sería un ejército, sería una guerrilla, unos vietcongs de la mente. También unas lobas en lo profundo del bosque, aullando. Escribe Alejandra para una Janis recién muerta en 1972: A cantar dulce y a morirse luego. / No: / a ladrar. / así como duerme la gitana de Rousseau. / así cantás, más las lecciones de terror. / hay que llorar hasta romperse / para crear o decir una pequeña canción, / gritar tanto para cubrir los agujeros de la ausencia / eso hiciste vos, eso yo. / me pregunto si eso no aumentó el error. / hiciste bien en morir. / por eso te hablo, / por eso me confío a una niña monstruo. Las comparaciones con estas manipuladoras sónicas no son caprichosas, porque para nuestra poeta, el problema es, principalmente, musical. Música, Disonancia y Silencio.

¿Y la noche no funde, el mar no funde? Esos fueron deseos del poema, de su silenciante música, más de una vez: que termine el egoducto y que comience un mar, una linda brisa nocturna, un balneario de las uniones posibles. Y entonces: ¿por qué esta  guerra interna en donde vemos relativamente poco el enfrentamiento, la batalla en sí, y vemos mucho sus ruinas automáticas? Los polos ezquiso y paranoicos, aquí, revientan en la tensión de un pretérito hueco. Eso duele, tanto como una de esas ruedas con las que estiraban/torturaban a las brujas (ese hueco es la información que no está y que el inquisidor quiere saber). La bruja es la loca, la loca es la bruja, y esto lo sabe de sobra nuestra poeta; la poesía se desespera: Me van a morir (¿Otra suicidada por la sociedad?).

Ella se pregunta si no habrá sido un error cubrir los agujeros de la ausencia. Mmmm. Si es por buscar el error en el destino de nuestra poeta, volvemos a lo dicho en la fábula supuesta del principio: No insistió con la persecución de la persecución, no continuó con el viaje, con la multiplicación de los lugares. Donde vio agujeros de la ausencia, bien pudo preferir ver (oír) los pasadizos, los túneles subacuáticos,  a un mar navegable, reemprender el viaje. Seguir. Seguir.

De hecho, la propuesta estuvo. La Bucanera de Pernambuco o Hilda la Polígrafa ¿qué es?, ¿conjunto de prosas deformes?, ¿novela?, ¿juntadero de papelera ezquiso?, ¿poema desborde? Para nosotros, una posible salida, del sufrimiento y de las ganas de morirse, además de una de las más chispeantes novelas malditas de la literatura argentina (sea lo que sea esto último) junto con Tadeys, de Osvaldo Lamborghini. La Bucanera Hilda reemprende la marcha. Es casi el reverso de la Janis loba rota que se aturde con sus aullidos en el borde del bosque hasta su triste oclusión. Ella podría haber transformado a esas sombras que golpean, (nada sino golpes / y se ha llorado...), que aparecen en los poemas de Textos de Sombra (ese conjunto de poemas de edición póstuma escrito por la caperusita loba triste del bosque), en la tripulación trashumante y bocafloja de la embarcación de Hilda la Polígrafa. Ahí estuvo su batalla fría final: Hilda o Sombra. Dos replicas de nuestra poeta con forma de umbrales.

Quizás, la cosa fue el lado del que se ubicó con respecto a lo que es Buscar: No es un verbo sino un vértigo. No indica acción. No quiere decir ir al encuentro de alguien sino yacer porque alguien no viene.

Es invitada a ir nada más que hasta el fondo. Una vez más, finalmente y para siempre, se anochece. Ahora más que nunca, la noche. La noche soy y hemos perdido. / Así hablo yo, cobardes. / La noche ha caído y ya se ha pensado en todo. Elige yacer con Sombra. No saldrá por los mares a buscar tesoros con Hilda, ni a multiplicarse en sus propios Viajes de Gulliver en plan de farra. El de su voz es un recuerdo que me hace perder el conocimiento frente a esta conjunción celeste y verde de mar y cielo / Yo preparo mi muerte, dice. ¿De quién es esa voz que la hace perder el conocimiento, rechazar el viaje bucanero y preparar su muerte?  No sabemos, talvez no importe. Sólo su voz, o una voz.  Y nada será tuyo salvo un ir hacia donde no hay dónde.

En septiembre de 1972, el día 25, nuestra poeta, la maquina literaria denominada Alejandra Pizarnik, se apagó voluntariamente. En su cuarto de trabajo se encontraron unas... raras plegarias (criatura en plegaria, había escrito). En un papel, sobre su mesa, se lee: En el centro puntual de la maraña / Dios, la araña.  Y en un pizarrón, escrito con tiza: Criatura en plegaria / rabia contra la niebla...Y también: Escrito / en / el/ crepúsculo...y después, más abajo: Oh vida / oh lenguaje / oh Isidoro...Se refiere a uno de los poetas que siguió al bosque, al fondo de la noche, Isidore Ducasse, llamado el conde de Lautréamont. Así, con sus maquillajes de ausentes, tal vez se encuentren, por fin, en el fondo de un silencio lejano.

domingo, 6 de noviembre de 2011


handball


1, comprar:

Sonría lo estamos filmando. Lo estoy leyendo. Es viernes, y para cuando llegue el lunes, voy a estar muerto. No tengo ganas de sonreír, menos cuando me lo piden. Aunque a mis progenitores no les guste, a mí me encanta pensar en mí como una isla con alambre de púas: mis palabras haciendo de púas, en frases con la maleabilidad del alambre. Yo vivo en Esparta, sólo me traen muy de vez en cuando a esta lacia Atenas.

Me están por comprar una campera gruesa para el invierno. No me gusta ninguna de las que me mostraron hasta ahora. El vendedor tiene ojeras y está un poco amarillo, parece que no tuviera ganas de que mis padres compren la campera. Ganas de nada, eso sí parece tener. Tiene más cara de querer que nos vayamos. No pasó un buen día, ni una buena vida. Está flaco, ya no es joven, seguro que dentro de poco lo echan y lo reemplazan por una chica joven y linda, uno de esos ejemplares rubios, o morochos de ojos claros, un animal hermoso. No sé cómo no lo hicieron todavía. Está eliminado, con mis rayos rábicos: ahora. Les voy a decir que me gusta cualquier campera, la primera que me muestren a partir de ahora. Y listo. Es mejor que seguir toda la tarde metiéndome a esos probadores, de negocio en negocio, preguntando si trabajan con la tarjeta de crédito que tienen mis padres. De seis comercios especializados en la venta de ropa y accesorios que recorrimos, solamente dos tenían convenio con la tarjeta de mis padres. Nuestro crédito es vergonzoso.

Es roja, con los cierres verde musgo, cinco bolsillos en total. O quizá es un poco anaranjada... Acabo de decidir que para mí es roja, y listo. Tiene pinta de ser de buena calidad, eso quiere decir que me va a acompañar por unos cuantos inviernos, eso habrán pensado mis progenitores. No soy de cambiar campera seguido. Nadie en mi familia lo hace. Baste un ejemplo: mi papá tiene la misma campera negra de cuero desde que nací, o antes.

Nuestro tour de compras no termina todavía. Faltan los patines para mi hermana y el celular para mi hermano. O al revés, no me acuerdo. Talvez una bicicleta. Un MP4 para mamá: para escuchar la música del joven mártir, Fruel Miloo, ese infeliz cara de animal degollado, pacotilla crística. Me fastidio rápido, lo admito, siento unas ganas terribles de molestar al mundo cuando esto pasa. La separación es displasentera, eso me motiva. Cómo gozo, me hundo, me separo del entramado este, mundo que le dicen.

Pregunto una vez más, exponiéndome al castigo habitual por insistencia (es decir, la lectura de Aquino Zambrano durante, mínimo, tres horas): ¿Qué de la compra del juego Krial, qué con lo que habíamos hablado la otra noche después de comer la comida verde (espantosa) que le gusta a mamá? Mis preguntas demoran suspendidas en el éter que me separaba de mis progenitores apenas unos segundos. Ya está, lo dije, pregunté.

Si, no te creas que nos olvidamos, dice papá desde su altura de mobiliario. Hablamos con tu madre y creemos que no hay ningún problema, vamos a comprarte el juego, indicános donde es que lo venden.

Es una caja pequeña, cuadrada, un cubo seria lo correcto para decir, de color metalizado pero sin brillo; parece una fundición del medioevo. El manual de instrucciones no merece llamarse así, dice papá, con cara de que ya se empezó a enojar (papá se enoja fácil, como mi hermana. Yo no me enojo: yo me fastidio). No se entiende absolutamente nada, dice. Y eso que está en el idioma que hablamos, claro. Pero papá se refiere a otra cosa. Lo único que comprendemos hasta ahora, por un obvio cable negro que sale desde uno de los costados inferiores de la caja, es que se enchufa al tendido eléctrico. El Krial es un juego eléctrico. Eso, ni yo lo sabía. En el sitio de Internet por el que me enteré de la existencia del juego y cómo hacer para conseguirlo, no daban demasiados datos.

En otro lugar de la casa mi hermana y mi hermano alimentaban, transfiriendo fondos vía La Red desde sus cuentas bancarias, a un africanito huérfano del sida, o de la guerra, es probable que de ambos jinetes del Apocalipsis juntos. Todo sucedía en tiempo real. Y lo veían (al africanito, tal vez de Ruanda, o de Chad, tal vez etíope, ¿somalí?) en un pequeño recuadro a la derecha de la pantalla, mientras el resto de la pantalla mostraba a cinco tipos forrados en vinilo tocando un horripilante enredo de sonidos para miles de personas, sobre todo jóvenes (el ser más fácil de embaucar del mundo). Todo en tiempo real. Ultra-realidad, já. Nada de gracia. Es un juego extraño, al menos para mí.

La época de mi nacimiento constituía un desfasaje, una tierra de nadie en el desarrollo de la historia. Si bien yo era el mayor de los hermanos, parecía el menor en adaptación al entorno bio-tecnológico. Yo era de otra época. Lo que ellos hacían en red, por lo general, me desconcertaba. Ese juego, en especial. Y estaba muy de moda en ciertos círculos mundanos.

La gente se entretiene con cosas muy extrañas. Entretener. Tener un entre. Un tener, entre el mundo, el gris mundo civil, un hiato feliz en mi vida real. Pause. Play. La gente se va. Se pira. Algo factible de notar. Se iban con rumbo a un fuera de este mundo. Aéreos se las tomaban. Es decir, sin suelo firme. Entre otras cosas, ése era el principal motivo del exorbitante desarrollo de la música en occidente. De su industria gigantesca montada sobre acordes. Porque, como preguntan los gnósticos modernos: ¿dónde estamos cuando escuchamos música? Fuera del mundo, se mueren por contestar estos mismos. Ése era el gran descubrimiento de nuestra época. Todos somos medio monjes. Monjes medios. Monjes con medios. Monjes sin remedio. Aún sin saberlo, aún sin quererlo. Vocación de monjes. Monjes no religiosos que fugan hacía adelante, sometidos, atraídos, abducidos, chupados, impulsados, por las extravagancias de una uterodicea;   extravagancias a veces disfrazadas de objetería pop. Pro-pulsión. Un vagar extra. Las mónadas con auriculares. Persiguiendo figuras con precios. Corriendo tras sombras. Sombras, pero no sombras negras, no, sino de colores, de exultantes colores. Sombras chillonas. La zanahoria chillona. Todo, todo, todo, fuera de este mundo. Como un monje retirado al desierto. ¿La gruta humana?

En fin, ésta época de in-materialismo mediático está poblada por millones de pseudos monjes que habitan fuera de éste mundo, o, como los monjes verdaderos, los del fase to fase con Dios, eso intentan, por todos los medios.

Todo esto lo leí en un pesado tomo forrado de naranja y de verde y de azul: la elocuente agenda de mamá, toda una filósofa de las costumbres, ahí en su universidad de platos mal lavados.



2, vender:

Les voy a vender estas revistas. Me dijeron que ellos coleccionaban ésta clase de material gráfico. Mucha mutilación, injerto aberrante, mala conciencia, lujuria cóncava. Los hermanitos Pronto son así: lo que yo llamo carnívoros no tan domésticos. Los conozco desde jardín de infantes. Tres cabezas enormes llenas pelo anaranjado. Ahora mismo, algunos de ellos deben estar vendiendo pastillas en la costa. O haciendo algún espectáculo de magia, producido y financiado por su sibarítico padre. O encarando cualquier negocio afín. Divisas como navajas, urbanos monos pasados de rosca: etcétera, etcétera. No necesitan ese dinero ya que su padre se los da en cantidades amenazantes; amenazantes para ellos mismos y para los demás, por supuesto.

Rodolfo Pronto, el mayor, había atropellado (sin victimas fatales) con vehículos de motor a cuatro personas, en tres ciudades diferentes; se había intentado matar en dos (en una con pastillas y vino y en la otra con un vidrio de botella); y había incendiado una casa en una… Roberto Pronto, el del medio, tenía hasta un asesinato en el prontuario. Es verdad que sólo como sospechoso, su coartada fue inmejorable: estaba con su padre en un viaje por el desierto: el cercano oriente, que le dicen. No se le pudo comprobar nada; él tenía 18 años, el cadáver 20: un vecino discutidor, curioso y feo y unas cuantas cosas más que Roberto Pronto, siempre que podía, se demoraba en detallar; vecino al que él no había pasado de darle una que otra lección, pero sólo cuando este se la merecía. Si se las merecía tan seguido, no era asunto de ningún miembro de la familia Pronto. En fin, inocente ante la justicia. Listo. Pronto… Renata Pronto, la menor, se quema no tan lento, como combustible humano, sin ton ni son, con gin-tonic y muchísimo más; una ofrenda para nadie.

Las revistas me las dio Ernestina Cortés de Mansilla. O la viuda de Bruno Mansilla, como seguramente ustedes la conocerán. Dicen que está loca. A mi me parece que sabe cosas que le pesan. Lo que desde afuera nosotros vemos como locura, no son más que los estremecimientos por sostener una carga demasiado pesada, que amenaza convertirse en inaguantable, carga isomorfa que no puede delegar. No una carga sobre su conciencia, sino más bien sobre su razón, región ésta que contiene a la primera, y las dos reposan, se montan, sobre los ojos. Y afuera y detrás está el Caos o el Horror, como quieran verlo. A veces, uno trae los ojos cocinados por el horror y, de no comernos esos ojos, cocinados, que al fin y al cabo ya son comida, se pudren, y terminan pudriendo lo que queda de cerebro. Su razón, la de la viuda, está haciendo algo así como equilibrio sobre la putrefacción cerebral.

Le pido que me muestre, de nuevo, si no es mucha molestia, los últimos papeles de Mansilla. Los de la caja enviada por correo desde el extranjero por un anónimo (no un anónimo exactamente; más bien, un nombre de mujer que no le decía nada a nadie, con una dirección escasamente verificable. La viuda de Mansilla negó de plano la posibilidad de una amante-albacea del viejo escritor; al menos en la época en la que fueron escritos los textos de la caja: Lo vi todos y cada uno de los días de sus últimos 19 años de vida, fue el argumento de Ernestina Cortés. Argumento nada desdeñable). Me trae la caja y antes de retirarse me pregunta si no quiero tomar vino. ¿Vino?, pregunto sin mirarla, abriendo la caja. Sí, vino, un tinto, Cavernet, la mar de bueno, que desgraciadamente Bruno dejó sin tomar. Y se va sin esperar mi respuesta.



3, comprar:

Crisis de nervios. Mal. No puedo parar. ¿Lo deseo? ¿Deseo seguir o deseo no parar? ¿Decido no ver? ¿Qué clase de preguntas de mierda son esas? Una furia ciega que me ajusta como un guante, el colmo: me queda bien, me pone filoso. Y me ahoga. A punto éxtasis. El punto se transforma en línea con la velocidad. En látigo, me extiendo y tenso. Sí, mi cabeza es el simulador de vuelo de un caza bombardero. Un Sea Harrier. Bombardeo mi casa. Estallar contra el casco del mundo. Destrozo el celular de mi hermana (los patines son de mi hermano). Amo los teléfonos celulares. Destrozo unos cuantos muebles menores, algunos electrodomésticos. Una imagen: nanosegundos en la ventana del living: pasa un avión, transportando cuerpos, cada uno de estos con lo que llama su vida a cuestas. Añicos los ceniceros. Añicos unas plantas. Papá intenta detenerme, siento el olor del cuero de su campera negra rodeándome el cuello. Muerdo algo. No se qué. ¿Quién grita? Mamá intenta sostenerme por los pies. Mi hermano, vestido con una especie de capa corta y brillante, azul, sobre unas calzas a tono, observa desde la puerta de su habitación mientras habla por teléfono; no parece preocupado, ni por mi ni por nada.

Justo en el momento previo al golpe seco en la cabeza, leo los labios de mi hermano menor. Si, ya lo tenemos. Ahora querríamos comprar el número 2. Sí. Muy buen juego. Eso es lo que dice. Corta el teléfono… y me desmayo. ¿Un puño?, ¿una pequeña estatua? Me desmayan.

No me gusta dejar de ser esa isla con alambre de púas. La ductilidad es la del alambre, ninguna otra. Resistencia. Me castigan: esta vez serán tres días de lectura de Aquino Zambrano, comiendo solo puré de zapallo (en realidad de calabaza) y bebiendo agua tibia con vinagre. Ambos progenitores opinan que el juego Krial tiene algo que ver con mi crisis. Ninguno lo menciona.

En otro lugar de la caza, mi hermana se masturba para miles de usuarios de la red (papá dice que ya deben ser millones a esta altura). Una vez empapados los dedos, su mano toda en jugos, toma uno de esos juguetes (ahora es un homúnculo fosforescente en posición fetal: no tardo en darme cuenta de qué se trata: es una réplica exacta del huerfanito africano alimentado con la tarjeta de crédito de mis hermanos menores), y se lo introduce, lentamente (pero sin cadencia), cantando una tonta canción que se pretende lasciva. Algo de moda, seguramente. Renata goza. Renata sufre. Siempre que se enoja, mi hermana recurre a su webcam y al rápido orgasmo autoinflingido.    



4, vender:

Bruno Mansilla, entre otras muchas cosas, reflexionó sobre su apellido. Muchas personas (demasiadas en su opinión), nacidas en su mismo país de origen, llevaban ése apellido. Siempre le pareció una orden ese nombre. Una orden dada hace siglos. Lo que no está muy claro es quién se la da a quién. Su obra no es tan extensa como concentrada. Unos cuantos certeros tomos cortos. Sucede eso con los espacios mentales, con los galpones metafísicos del cráneo como los llamó en su texto El deporte quieto o cómo evitar los excesivos manotazos al vacío. Pasa que no corresponden al volumen material que los soporta. Como muchos, Mansilla opinaba que el soporte es lo de menos. Su obra se compone de las siguientes obras, en orden cronológico de escritura: Toga in tranca palio, poesía, 1982. Salidas únicas, ensayo-fixión, 1983. Cabeza de secreto, nouvelle, 1999. Fome: hambre y aburrimiento, novela-ensayo, 2000. Trash Aike, su libro más extenso, una novela de 210 páginas, del año 2005. El ya mencionado libro de ensayos El deporte quieto, o cómo evitar los excesivos manotazos al vacío, del 2006. Y por último, el aún inédito conjunto de papeles de la caja enviada desde el extranjero: Mancillando parece ser el título elegido por el autor, y es algo así como un ensayo-crónica de unas 60 páginas.      

Mientras tomamos vino (en unas copas que estoy seguro luego describiré en detalle en alguno de mis relatos), y como para pasar el rato, le pido a la viuda que elija su texto preferido dentro de la obra de su marido, y, si no es mucho pedir, me lo lea. Accede con entusiasmo y sin demora. Quizá lo esperaba. Sospecho que ella estaba tomando vino desde mucho antes de mi llegada. Elige un poema de Toga in tranca palio, no por ser su más preferido, sino por ser el que, ella considera, mejor lee. Se titula Desnudo y tres tractores. Su voz parece alejarse sin perder volumen cuando comienza a leer:    

Fragmentos inconexos de una conversación telefónica en la que alguien grita,
hace años que comenzó
Eso parecían tus promesas junto a las mías y yo te creí
Con toda la bola de espejos de mi cabeza.
Aferrándonos a una velocidad
Solos hasta el dolor, y la
Mancha de aceite
Creí creerte
-apagón-
No me paré nunca más
No me senté nunca más
No me acosté nunca más
Soy un edificio sólo sótano emergido, hasta catapultado
La belleza son máquinas de funcionamiento frenético
y de pestañeo
Conformarse en uno de los estruendos callados de como una conversación
(callados más por decir nada que por callar)

El silencio nos cubre como un poncho. En ocasiones el frío es doloroso. Mientras ella leía, yo me concentré en un conjunto de fotos en blanco y negro que cuelgan dispersas de la pared. No hay ventanas a la vista, sin embargo, que el final del poema de Mansilla coincidió con el comienzo de la noche. Ernestina Cortés, la viuda para ustedes, tiene los ojos cerrados. Sellados. No los tiene más. En su lugar, se abren dos pequeñas bocas dentadas, llenas de dientes negros muy pequeños, apenas visibles, lo que no hace más que aumentar la sensación de filo venenoso. Habla recién cuando se para y busca algo en la heladera, de espaldas a mi. Me pregunta si quiero escuchar un fragmento de su texto más preferido, aunque no lo lee muy bien, avisa. Yo sólo quiero las revistas, para venderlas, necesito el dinero; eso pienso. Contesto que por supuesto, y al instante, mis palabras se me hacen inaudibles, y repito el por supuesto.  



5, comprar:

Me cortaron el chorro. Voy a matar al mundo, conmigo. No, mejor me voy al Casino, o a una playa prehistórica… a un arsenal.



6, vender:

Mi marido decía que escribía no sobre la realidad sino en la realidad. Se refería, creo yo, a que no era exactamente como espejo que tenía que comportarse el artista. Más bien como resorte, o como martillo, o como ropa de abrigo. O como maestro del fracaso feliz incluso. No como espejo. 



7, vender:

El jeep se estaciona junto a la choza y en menos de diez segundos está rodeado de personas con hambre. El doctor Morrison da una mirada rápida al periodista Plead y a la doctora Patrol y se baja del vehículo. Lleva una caja abrazada con su brazo derecho contra su cuerpo. La caja es de cartón, blanca, con unos cellos. Una mujer encorvada y sin dientes sostiene un niño flaco, cadavérico. Las piernas le cuelgan, secas. El doctor Morrison piensa en las patas de un venado. Después piensa en una mujer y en su hijo a miles de kilómetros de distancia de ahí. La mujer desdentada llama a alguien, lo busca con la cabeza. Pasa una bandada de pájaros. El niño no tiene mirada. Un joven esquelético semidesnudo extiende los brazos pidiendo la caja. El periodista Plead dice algo en un idioma que los hambrientos no entienden. El doctor Morrison duda.    


                                                                                                             Abril 2008

viernes, 16 de septiembre de 2011

el forense sentimental 3


Derrigo corre por la calle. Al momento de intentar hacerse un café y memorizar una lista de materiales para construirse una repisa, visualiza el encendedor de Massinger. Inmediatamente piensa en lo mucho que viajan los encendedores, de bolsillo en bolsillo, impulsados por pequeños latrocinios cotidianos. Piensa en lo atávico del asunto; la lucha por el fuego entre las tribus, su captura, su ingenio, su celo, desde las primeras edades de la especie humana. Hasta ahora. Las guerras por el combustible inflamable desfilan proyectadas en las paredes internas de su cráneo. Alarmado, tocado en la que él cree su intachable ética de "lo justo es justo", el poeta Derrigo toma el encendedor verde, y sin ponérselo en el bolsillo (lacio automatismo que procura desterrar de su conducta respecto al fuego ajeno), abre la puerta de su domicilio y sale a la calle. Ahora corre. Corre para alcanzar al novelista Massinger. Y mientras corre, le crece, del costado izquierdo de la cara, un lector. Instintivamente, cuando siente el tirón en el cuero de la cara, le pregunta: ¿Qué lees? Justamente, contesta el lector que le acaba de salir sin retirar los ojos de las páginas, estoy leyendo una novelita que se llama Vida útil de un encendedor ; la compré en el supermercado chino.  Segundos de silencio; sólo se escucha la respiración agitada del poeta Derrigo, que corre por la calle, que no corre desde hace meses, perdon, desde hace años, qué va, desde hace siglos, es decir, que no corrió nunca. Pero que ahora corre. Para alcanzar a Massinger. Y devolverle el jodido encendedor. Y se acuerda de ése al que los dioses lo condenaron a que unos agiluchos le comieran las tripas una y otra vez, o algo así, todo por robarles el fuego a ellos y dárselo a los mortales, que venimos a ser nosotros, ¿cómo era que se llamaba?, no se puede correr y pensar a la vez, por eso será que no hay filósofos atletas, bueno, Wittgenstein peleó en la guerra, y calculo que para pelear en una guerra tenés que estar en estado, bueno sino el estado se encarga de que estés en estado con el estado, de todas maneras, el Tractatus no lo escribió en el gimnasio ni mucho menos, igual: ¿qué se yo?, capaz que sí, que en un gimnasio se lo escribió, todo sudado, después de darle a las flexiones de brazos, en series cortas primero y más largas después, pero en todo caso, no corriendo, corriendo no se pueden pulsar ni lápices ni teclas, ¿para qué era que estaba corriendo yo?, ah sí: el fuego, uuuy qué tirón, el encendedor, lo debe estar necesitando, va, no sé, estoy presuponiendo, que no es uno de los vectores que se le den mejor a las fuerzas del pensamiento, suponer no nos lleva a nada, bueno, sí, pero a lo que me refiero es que... no se puede pensar y correr. Derrigo mira al lector que florece desde su cachete; su rosto es apacible, está reconcentrado en la lectura. Deja de correr. Mira el encendedor: rayo de luz diurna impacta en su carcasa verde. Pulsa: con su dedo gordo la ruedita metálica. Nada. Otra vez. Nada. El encendedor no funciona.