martes, 24 de abril de 2012

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Estábamos terminando de limpiar el patio del blog, cuando llegó P. Nos preguntó qué estábamos haciendo, y Crush le contestó: estamos poniéndole una bufanda a un hipopótamo hipotérmico, ¿qué: no se nota? P, que lo conoce de sobra a Crush, no le dijo nada; después de todo, él había preguntado lo obvio. Para eso, mejor hablar del clima. Como hacía rato que P. no venía a visitarnos, yo lo traté mejor y le pregunté cómo estaba, en qué andaba. Estoy terminando una novelita que me está poniendo canas verdes, dijo P, y se sentó en el sillón que usa Crush para mirar sus documentales sobre (e)nanotecnología. Se dice me está sacando canas verdes, le dijo el supuesto dueño del sillón. No, contestó rotundo P., a mí no se me cae el pelo. ¿Y de qué trata?, le pregunté rápido a P. a modo de paños fríos. No sé, creo que es una historia de suspenso; ocurre en varias ciudades, principalmente en Tokio; están implicados un escritorsuelo, unas gravure idol y Goebbels, el jefe de propaganda nazi; y hay algo así como un Gran Hacker Oculto, que articula. ¿Queres comer unas legumbres?, le ofreció de pronto, fuera de todo pronostico, mío sobre todo, Crush a P. No gracias, muy amable, acabo de comerme un kilo de zanahorias rayadas. ¿Y que más estas haciendo P.?, le pregunté antes de la casi segura insistencia de Crush con sus famosas legumbres. Trabajando en el negocio de insumos para encuadernaciones (atención al público, con cara de dormido o de sacado); traduciendo a Houellebecq (del frances al castellano), a Silvia Plath (del ingles al castellano) y a Lumpe Truk (del castellano al castellano); fumando; mirando películas de toda calaña (la última: una malísima, pésima, tópica, esdrújula, sobre el amor entre un diseñador de jardines depresivo y el espíritu de una chica en coma; con esa actriz mezcla de rubia y perrito pequinés, la de Legalmente rubia; tan mala, que hasta se olvidó el nombre y el resto de la trama); leyendo y leyendo como queriendo salirle por el otro lado a la realidad; tocando algo de música, poca y mala; dibujando casi nada (excepto por un fanzine para la feria de unos amigos); con muchas ganas de aerosolear denuevo; una que otra escena de lo que comúnmente llamamos vida social; navegando un poco en la webá, consumiendo (esa es la palabra exacta) bastantes videos en youtube, administrando (en solitario y en conjunto) algunas cuentas de blogspot, wordpress, faceboock, gmail, hotmail, etcétera. Miré la cara de Crush, parecía interesado en eso último; aunque con Crush nunca se sabe. 

En particular, de acuerdo a como se iba generando su propio mundo, a P. le interesaba (y sobre todo le gustaba) uno de esos blogs. ¿Sobre qué es ese blog?, le pregunté yo, viendo que Crush había perdido el interés y ahora  estaba pasándole el plumero a sus vasos Recuerdo de Puerto Madryn con forma de ballenas.  No lo tengo muy claro aún; hay un presentador, escribe en primera persona, es un mamífero cánido, bah: un perro, o por lo menos eso declara, y pone una foto como para sostenerlo; vive acompañado por alguien o algo, con el que las relaciones a veces se tensan / a veces se distienden; no sé por qué, siempre comen legumbres: sólo legumbres; esta especie de trama, cada tanto, es interrumpida por los gustos y los intereses del protagonista; en fin: que el tecleo, la tecladura, la teclación, hagan el resto. Después de un silencio, en el que solo escuchamos el plumero de Crush, P. nos contó que había empezado ese blog con su amiga (canina) Pavlova, quien ahora estaba enterrada en el patio de otra amiga (humana). Sí, la foto del perfíl es de ella. Sí, murió joven, como muchos de sus ídolos. ¿Tu perra tenía ídolos? No, tampoco es que era fanatica, pero le gustaban. ¿Quienes? Cobain, Basquiat, Plath, Morrison, Sophie Podolski, Lautreamont, Moura, Elliot Smith... tantos. ¿Y ella iba y los escuchaba?, le pregunté, lamiéndome una de las patas delanteras. ¿Me estás cargando Turba?: era una perra; yo le ponía las músicas o le leía, y ella prestaba atención o se relajaba. Ah, bueno.

Antes de que Crush llegara con su bandeja repleta de legumbres, dispuesto a sentarse para ver uno de sus documentales, P. se despidió diciendo que se le hacía tarde para regar los cactus. Una vez solos, con la boca llena, Crush se dijo como para sí, sin dejar de mirar la pantalla, que los cactus no se regaban.   

              

lunes, 2 de abril de 2012

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Crush inventó una máquina del tiempo. como me lo vino a decir mientras yo estaba terminando de armar el puzzle tan bonito que me habían regalado, no le presté demasiada atención; dije algo así como: fa, que copado. mas tarde, durante el hervor de ciertas legumbres, me lo repitió: che, Turba, inventé una máquina del tiempo. fuimos hasta su taller y me la mostró. bien, muchísimo ingenio Crush, qué bien; eso le dije, con toda sinceridad. el aparato en cuestión no tenía mucha pinta de ser lo que era, de todas maneras, yo no sabía prácticamente nada de máquinas del tiempo. ¿a quién queres que traiga mañana para la cena?, me preguntó de repente. mmmm, no sé, si me preguntás así de golpe, no se me ocurre nada, a verrr, quien puede serrr.  Dale, pensa un poco, vivís hablando de este y de aquel, ¡ahora es tu oportunidad!, me arengó Crush, señalando su máquina y guiñandome un ojo. y yo: esteee, eeeh, este... mmm... eeeh... ya sé: Trotsky. ¿Trotsky? sip, Trotsky. Crush puso su cara de pensamiento analítico un momento, y después dijo: bueno, ¿a qué edad lo queres? ¿qué?, dije yo, en el medio de un valdio mental. ¿que a qué edad queres que lo traiga a Trotsky?, me dijo con tono de haber comenzado a ponerse cachetón, o sea, impaciente. no es lo mismo, me dice, que lo traiga a los 20, a los 14, a los 32 o a los 40. aha; encima, tenía razón. medité un poco mirando el cuadro del pato que tenemos en la cocina y finalmente dije: podría ser el de 1905, el que está escribiendo las Perspectivas..., a ese le vendría bastante bien la cena; o el de 1918, pero no, ese debe estar muy ocupado; entonces, el de 1924, el que está escribiendo Literatura y Revolución, para que nos hable un poco de su concepto de los "compañeros de viaje" ahí desarrollado; porque el Trotsky de 1930 también está hasta las manos, acomodándose al exílio; y el de 1937 ya comería lo suficiente con Frida y con Diego, en la Caza Azul...  antes de poner nada en claro, me interrumpió Crush: ¿Por qué mejor no traemos a Colón, o a Valeri Solanas, o al malaonda de Robertito Arlt, o a Isabel Adjani (cuando joven, aunque como todavía está viva, no creo que sea muy seguro), o a un cavernícola? ¿un cavernícola?, pregunté. sí, de una, le enseñamos a usar los cubiertos, le hacemos escuchar Coldplay (qué malvado), y después le servimos té con scones. pero no sabría charlar, le retruqué, ¿para qué queres pasar a tomar el té con escones? ufff, no sé, me dijo ya medio hinchado, era por decir algo nomás. hagamos una cosa, le dije después de unos minutos de mirar el DVD de Chayane sin volumen, con música de fondo de DNA (combina), que venga el hijo de Panicoylocura (un quiosquero del barrio, fanático de la película -si le vieran la cara a las 2 de la mañana). los ojos de Crush se agrandaron, mueca de gracia en el hocico: vos queres decir un viaje al futuro; mirá que te gusta el rebusque, Turba. Una hora después, Crush salía con rumbo a 1969, iba a buscar a la Pizarnik (al final, por tema de idioma y de proximidad para la búsqueda, optamos por la poeta). cuando se estaba poniendo el casco, me preguntó: ¿cómo sabes que la novia de Panicoylocura está embarazada?

4 horas más tarde (yo ya había comido mis legumbres reglamentarias), volvió Crush. pero venía con...          

sábado, 24 de marzo de 2012

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una vez más me encontraba ante la desidia, el olvido mala-onda de Crush. cuantas veces le había dicho que cuando usara la cinta de embalar dejara el borde plegado, así el próximo que la usara encontraría con facilidad el extremo... y sobre todo no se gasta la vista y las uñas. en eso, yo aún sin dar con el borde de la cinta, aparece Crush con nuestro vecino Racso (se llama Oscar, pero le gusta que le digan Racso; cuando empezó a estudiar cine se cambió el peinado y el nombre). viene a pedirnos un poco de legumbres. en realidad, viene a hablar y a intercambiar materiales: tiene un video que nos puede llegar a interesar, dice. no, por Dios, no, otra vez no, ya me lo veo venir. No necesito mirar a Crush para saber que me está mirando y se está sonriendo, achinando los ojos y sacando las paletas.

chau, vecino, chau. apenas se cierra la puerta, digo, con un tono reposado pésimamente mal actuado: Crush, no sé si es correcto seguir recibiendo el material de Oscar; mi problema no es darle legumbres, sino sus contenidos. Se llama Racso, me dice Crush mientras se lima las uñas con el mismo papel de lija que ha estado utilizando para darle los últimos retoques a su busto de yeso (es una cabeza de Paul McCartney que, para mí, parece más una de Francis Bacon -el pintór). Bueno, Racso, cómo sea. Nos quedamos en silencio unos minutos, ya oscureció, suena una alarma de auto a la distancia, ladran los perros desde un pátio contiguo. No seas tan estricto con el flaco, me dice Crush, después de todo no estuvo tan mal el speech de hoy. Esa tarde, Oscar nos habló de los diferentes animales que habían ocupado el lugar de representación de la población humana a lo largo de los últimos años de nuestra civilización. En el comienzo de nuestra era cristiana: la oveja (eramos rebaño, sobre todo según la pastoral cristiana); y por oposición, los que se salían del rebaño, luego de ser ovejas negras, hasta podían llegar a convertirse en lobos. Así hasta mediados de los 50s, en donde la velocidad de las mega-ciudades, el baby-boom y el vértigo del mercado hacían saltar a toda velocidad de una zanahoria a otra, de una madriguera a otra, a toda la pop-población: eramos conejos. finalmente, para la actual era farmacopornográfica (concepto de Beatriz Preciado), corresponde: el pollo (por el retoque genético, por la tecno-manipulación, por lo brutal de la condición de su producción como mercancía). Por supuesto que esa iconografía contaba con más animales, pero eran para casos más específicos y no para toda la población: perros, gatos, cerdos, caballos, insectos... los antes mencionados, nos hablaban de la población en general, los ciudadanos en relación con lo que Foucault llamó biopolítica, ese conjunto de tecnologías aplicadas sobre los cuerpos por el poder estatal. 

Crush afirmó ser chapado a la antigua: es decir, todavía era un bunny. Yo dije, inmediatamente después de ingerir en el más estricto silencio mi porción de legumbres, que no iba a ver el video de Oscar, que me iba a dormir. Se llama Racso, me dijo Crush. me acosté y abrí la novela que estaba leyendo, una sobre un marido que vuelve loca a su mujer, una afamada directora teatral, inyectándole todos los días elevadas dosis de ácido lisérgico en su pasta dentrífica; su plan, es hacerse con la importante herencia de su esposa, luego de internarla en una institución psiquiátrica; lo mejor de la novela, es la evolución de las obras que monta la directora, transcriptas íntegras en el libro, con las que va obteniendo, ante la estupefacción de su marido traidor, un éxito cada vez mayor.

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Oscar. perdón, Racso. Racso es tatuador (le hizo el plano de una de las casas en las que se crió a Crush en la planta del pie izquierdo; le quedo bien; pero ese no es el punto). ¿de qué se trata el video que nos dejó por las legumbres? Crush no se rió cuando me lo relató. las imágenes mostraban a un chanchito, de un año o dos , más no tenía, con todo el cuerpo lleno de tatuajes. lleno. Él y sus amigos lo dormían y lo usaban para practicar.          

domingo, 18 de marzo de 2012

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mientras yo le despego los papelitos de colores a un cubo Rubik, para después volver a pegarlos ordenados por lado, y así tener algo que mostrarle a las visitas que vienen a casa, Crush, dibuja esta escena. apenas termina, me la muestra, a la vez que la titula en voz alta: Las aventuras del joven Jean-Paul Sartre.

más tarde, comemos legumbres y jugamos (como solemos hacer durante nuestras cenas compartidas) a escuchar dos discos superpuestos (uno encima del otro, a la vez): Pet sounds (Beach Boys - 1967) & Tender Prey (Nick Cave and the Bad Seeds - 1988). suena bien, muy bien la mezcla. somos moderadamente felices por el hallazgo.

jueves, 9 de febrero de 2012

Lo nuevo de las Deep Daianas!

para los que aún no escarmentaron con el low-fi de las Deep Daianas...
un crimen más para los tímpanos... 


y como los nabos no tienen aún un video presentable de este trabajo, los dejamos con uno del anterior, Puñal.






martes, 31 de enero de 2012

La máquina Bolaño



Vértigo de la desertificación.

Es bastante conocida esa Nada que atrae a los poetas, que los abduce. Famosa esa inactividad que les muerde los talones, amenazándolos siempre con tragárselos a ellos y a su escuálida obra, sumergiéndolos en la inexistencia. Esa Nada es, básicamente, un lugar: un desierto. Y los poetas habitan ahí a costa de un vértigo constante. Vértigo de pasaje podríamos llamarlo, en función de un catálogo imaginario de vértigos. Vértigo del pasar de habitar el desierto a ser el desierto.

Aclaración necesaria: no hablamos acá, ni de la muerte, ni de su pulsión; ni de autismos literales, comatosos. No. Autismos literarios, quizás.

Este desierto está vacío de acciones. Es lo inanimado lo que tira. Pero, paradójicamente, en su forma activa: la inanimación, lo inanimante. Lo que empuja hacia alguna parte sin la más minima esperanza de nada. Escribir o no escribir, dat de cuéstion. Que en literatura, ustedes ya se dieron cuenta, equivale al famosísimo interruptor shakesperiano (ser o no ser).

Sí: ontología de morondanga el poeta. Vecino del místico, pariente no tan lejano del anacoreta. Por supuesto que no nos referimos con esto al tono del poeta, más bien a su condición, o mejor, a su situación. Al dónde. Ya dijimos: esto es habitar con vértigo el desierto. Vértigo parecido, ahora que se nos ocurre, al sopor. A modo de ejemplo: a ese vértigo de las alturas (un clásico), crúcenlo con la narcolepsia: imaginen el resultado… ahí tienen algo parecido a ese desierto que, medio que habitan / medio que se les viene encima a los bardos. Y esto trae a cuento eso de que la diferencia entre un poeta y un filósofo es que el poeta duerme más.    

Tres que se adentraron en La Inacción; cada uno en su estilo. Tres que cesaron, secaron la fuente, y a otra cosa mariposa. Tres que dejaron de escribir:

1 / El nene Rimbaud: después de dos conjuntos de poemas y un poco más, el joven poeta maldito se hartó, sobre todo, de su poesía de profeta ebrio de monaguillo con fiebre, y acto seguido, se puso a realizar más de un tópico de su poemario. Su Yo es otro se hizo carne. El agitado siglo XIX está terminando entre convulsiones. Se fue de mambo, dirían ahora del joven Rimbaud y del siglo. El autor de las Iluminaciones se convirtió en salvaje, en algo así como un pirata, o en una especie de “agente Kurtz”, de El corazón de las tinieblas, la novela de Conrad (talvez les suene más en la versión “coronel Kurtz”, del film Apocalipsis now, interpretado por la cabeza -exclusivamente por ese apéndice corporal- de Marlon Brando). El niño Rimbaud, que ya era bastante movedizo, apenas cumplidos los 20, se piro y renegó de todo lo antes escrito. Después no hay certezas de sus paraderos. Chispazos de ubicación, apenas. En Chipre, de capataz. En medio oriente, expedicionario. En Alejandría, apenas se cuenta que lo vieron. En África, en Abisinia, tráfico de armas, de esclavos. Habitó el desierto posta. Viajó en camello posta. El nómada es, más que otra cosa, desértico. Rimbaud muere a los 37 años y 20 días. Llevaba cerca de 20 años sin escribir un verso. En los últimos tiempos, al hablar de su obra juvenil, solía decir: Eran enjuagaduras.       

2 / Juan Rulfo: escritor mexicano. Si el “Boom Latinoamericano” de los 60 fuese una foto, el saldría pequeñito, misterioso, a un costado. Sólo dos libros: un conjunto de cuentos, El llano en llamas, y una novela corta impecable, Pedro Páramo. Luego, el silencio. Surgen algunas dudas. ¿Cómo alguien sin demasiada instrucción, hijo de campesinos, escribió esas obras, sutiles y profundas? Lo de su parate posterior es muy sospechoso, dijeron algunos malpensados. Esas dudas, después de todo, son requetecontraparecidas a las que siempre les tuvo Europa a sus excolonias.  Lo único que espera la desconfianza es la subordinación. Algo así como la relación entre el Varón Frankenstein y su criatura; Gepeto y Pinocho; el rabino y el Golem. Lo que si consta, es ese silencio (ese páramo) que protagoniza su novela, y su obra. América, el continente descubierto (como quién destapa algo y encuentra un pozo; o peor, lo excava). El espacio de su retirada.

3 / Salinger: un profesor con llegada a los alumnos, en la época dorada de los campus norteamericanos. Editan su novela de culto a finales de los 50, El guardián en el centeno o El cazador oculto (depende la traducción que les haya tocado en suerte. Recomendamos la de Pedro B. Rey, El cazador…, en ed. Sudamericana, que mal no está). Qué  más, sí, su entrañable saga de los hermanitos Glass (Cristal, Vidrio), constituida por unas novelas cortas (o relatos largos). Levantad carpinteros la viga maestra es una buena puerta de ingreso al mundo de los hermanitos de vidrio. Y también hay un conjunto de cuentos, 9 cuentos para ser exactos. Pero el nombre de los hermanitos de su saga nos advierte algo. Nos dice sobre una fragilidad. Es ese vértigo del desierto, abalanzándose. Búsquedas en la poesía zen, en el Tao. Salinger tiene vocación de místico. ¿De escapista fuga mundis?, talvez. Se pierde, más que seguro que con una biblioteca haciéndole de camello para la travesía de la desaparición. Y no publica más. Nada. Se dice que sigue escribiendo, pero escondido, para no publicar. De todas maneras, de la vida pública, de publicar, se fue. Se va secreto. Se pierde en el vacío lleno, de a poco. Se pierde, tenue, tácitamente canchero...  



A todo esto, ¿y Bolaño?

 Ya llegamos. Paciencia, que como decía el joven pálido Kafka: “Todos los errores humanos son fruto de la impaciencia, cof, cof,  interrupción prematura de un proceso metódico”.

El escritor, el poeta (como para no cortar el enfoque), es el primer habitante de un desierto, que es su obra en formación, y su vacilación gigante, sus ganas de nada, sus, a veces, desesperadas ganas de asir la nada. También está su trascendencia en estado larval.  Abismo y creación. Adán de su hipotálamo. Robinson de la isla de su cráneo.

El reconocimiento a Roberto Bolaño, según algunos, le llegó tarde. Para ese entonces el escritor nacido en Chile en 1953 ya sabía que tenía los días contados. Había emigrado con su familia de niño a México. Había vuelto a Chile en el 73, a dedo, atravesando Latinoamérica, para participar del gobierno-aventura popular de Allende. Cayó preso al otro día del golpe. Y zafó porque dos de los milicos habían sido compañeros suyos en la primaria. Para ese entonces, el entonces del éxito tardío con el Premio Herralde por su novela Los detectives salvajes, en 1998, ese escritor ya estaba acostumbrado a vivir en su desierto. Una soledad de cactus de quien ya poco espera.

Ese vértigo de la nada, propio del oficio, al encontrarse, al chocarse con la cuenta regresiva de la enfermedad que se intuye, se sabe terminal, deviene desesperación. Exactamente: no-espera. En más de una ocasión Bolaño debe haber pensado en que moriría siendo el único habitante de su obra. Y es justo ahí donde encara el último tramo; el que lo convertirá en leyenda (etimológicamente: lo digno de ser leído, conocido)

Se dice que Bolaño a veces se hace el tonto, el simple. Que despista con su meta-literatura, a lo Borges, y su crudeza fractal y vagabunda, a lo poeta Beat. Finge que está hablando de cosas triviales, mundanas, de opacidades de la vida en la sociedad moderna; y de fondo, detrás, se estremecen los grandes temas, los desgarrados temas, históricos, antropológicos, filosóficos, poéticos. Se estremecen, decimos, porque Bolaño escribe con la desesperación. Pero, ojo: él no languidece, ni pega un salto kierkegardiano de fe a lo Steve Wonder. No se entrega al desierto a lo santo, es decir, él solo frente a Dios, en un face to face, sin mundo. Nones. Su desesperación lo crispa. Lo acerca al combate. Se mete en el Unimov (¿se escribirá así?, ese vehículo militar pesado con orugas) de la Literatura. Bolaño ya no está solo en esta: forma parte de La Literatura. Agarra al mundo y lo mete comprimido en su desierto. Lo mete por la fuerza.  Puja de quien, incluso, o sobretodo, desde su desesperación, tiene algo para decir. Aún, en plena época de multimedios mudos, tiene algo que decir; con el Apocalipsis puesto de poncho.

El mundo es un desierto lleno de inscripciones geológicas. Y Bolaños, el pensador tectónico como dice uno de sus poemas, está ahí, leyendo crudo. Y a medida que lee, sueña; sueña mítico, sueña profético.

Si nos fijamos, de lejos, Bolaño parece un peleador callejero que en el barrio, en los monoblocs de la literatura, se hace llamar DJ Borges.

Como Borges Jorge Luís, Bolaño (que era ultrafanático del cegatón escritor), ingresa desde su vida de lector en la máquina literaria; es decir, en ese conjunto (no tan grande, por cierto) de metáforas que serían la historia del mundo, y sus variaciones, (como escribe Jorge Luis en su ensayo La esfera de Pascal). Ahora, bien. Borges, digámoslo, es un tilingo bibliotecario con alma de compadrito. Y Bolaños es un Borges beatnik; con algo de surrealista periférico (no europeo). Pero, a diferencia de la distancia aristocrática con respecto al mundo de Borges, y, a diferencia de la distancia dionisiaca y/o zen con respecto al mundo de los beatniks, Bolaños, se encastra en el mundo. Defiende el lugar de lo que él (siguiendo a Lihn) llama el escritor civil. Es decir, no aspira a ser un periférico, sino que le interesan los asuntos de La Polis; se foguea en el Ágora. Se mete de lleno en los combates por la verdad (en ese sentido, es un moralista, a lo Voltaire, escritor citado más de una vez en la obra del chileno). Y tal vez vaya más allá: Bolaño es fiscal…Y hasta policía. Sí. Es decir, no teme ponerse en ese, actualmente, antipático lugar, y hablar desde ahí en serio. Baste como ejemplo fixionál su cuento El policía de las ratas (en su libro El gaucho insufrible); es el relato en primera persona del sobrino policía de Josefina la cantora, el entrañable personaje del cuento de Kafka, mientras investiga una serie de crímenes en la comunidad de las ratas. Y como ejemplo real, en una entrevista concedida a la revista Playboy , poco antes de su muerte:
Playboy: ¿Qué le hubiera gustado ser en lugar de escritor?
Bolaño: Me hubiera gustado ser detective de homicidios, mucho más que ser escritor. De eso estoy absolutamente seguro. Un tira de homicidios, alguien que puede volver solo, de noche, a la escena del crimen, y no asustarse de los fantasmas. Tal vez entonces sí que me hubiera vuelto loco, pero eso, siendo policía, se soluciona con un tiro en la boca.  

Las mejores obras de Bolaño tratan de escritores, de lectores y de lecturas. Y a la vez, son obras profundamente vitalistas. Bastante vitalistas como para ser, sólo, obras de literato.

Los protagonistas de Los detectives salvajes son los poetas realvisceralistas Arturo Belano y Ulises Lima, nombres ficcionales detrás de los cuales se esconden las identidades de Roberto Bolaño y de su amigo y compañero mexicano de correrías poético-marginalotas, Mario Santiago, con quien en los años 70, en el DF, comandaron el movimiento Infrarrealista, con el que planeaban “volarle la tapa de los sesos a la cultura oficial”, junto a otras amenazas (por ejemplo, y era joda, claro: la de secuestrar a Octavio Paz: por aquellos años, poeta máximo del parnaso mexicano). Estos dos poetas, los de la novela, uno con el nombre del viajero: Ulises, el otro con el nombre del rey-caballero: Arturo, persiguen los rastros de una poeta mexicana de vanguardia de los años 20 llamada Cesárea Tinajero, de la que sólo han escuchado hablar. Esa mezcla de búsqueda, escape y persecución los impulsará a recorrer el mundo. Te la deja picando: Tinajero: Latina: América La Tinaja: nacida por cesárea. Algo así.  Literatura y exilio, para Bolaño, son caras de la misma moneda.

En su novelón póstumo, 2666, vuelven a aparecer los perseguidores de un autor misterioso en constante fuga, los lectores de un escritor en constante truco de aparición y desaparición. En esta ocasión, son cuatro críticos literarios (el francés Pelletier, el español Espinoza, el italiano Morini y la inglesa Norton) quienes van tras las huellas de Beno von Archimboldi, el enigmático escritor alemán cuya fama está en aumento en el mundo de las letras, a quien nadie conoce en persona. Terminarán su búsqueda en el desierto de Sonora (límite de USA con México), en la ciudad de Santa Teresa (máscara de Ciudad de Juárez), sin éxito, ya que Archimboldi no dará ni rastros. O lo peor, sólo dará eso: unos cuantos rastros a modo de jeroglíficos. En ese momento, el novelón (de 1119 páginas), no hace más que comenzar. La ciudad de Santa Teresa viene siendo escenario de una larga serie de crímenes con un grado de atrocidad extremo: mujeres, en su mayoría jóvenes. Torturadas, mutiladas y violadas; antes y después de muertas. Estos crímenes están en el centro del misterio del mundo, dirá uno de los personajes. (Este importante elemento de la novela está sacado de datos periodístico-policiales reales: durante la década del 90, en Ciudad de Juárez, comenzaron los crímenes sistemáticos de mujeres, crímenes en su mayoría sin resolver hasta el día de hoy; aunque buena cantidad de las sospechas terminaron cayendo sobre los carteles de droga que ganaban en esos años cada vez más y más poder en la región, de la mano del poder político.)Todos los protagonistas de las cinco partes del libro (partes pensadas como posibles novelas separadas por Bolaño) confluyen en esa ciudad enclavada en el desierto mexicano. Si bien la novela está repleta de personajes y de sus vidas, se recortan nítidos ciertos personajes centrales: los críticos, ya referidos, en viaje detectivesco de Europa a América; Amalfitano, un profesor de filosofía chileno, que termina viviendo en Santa Teresa solo con su hija española adolescente, mientras intenta no volverse loco; Fate, un periodista afroamericano que va hasta Santa Teresa a cubrir una pelea de box para un periódico de la comunidad negra; unos cuantos policías y otros cuantos narcos vinculados al poder de la ciudad; y el mismo Archimboldi, el misterioso escritor alemán, apropósito del cual, en la última parte de la novela, se recorre buena parte de la historia europea del siglo XX. Y claro, el desierto también es un protagonista en este novelón. El desierto de Sonora (lugar en el que, además, termina Los detectives salvajes) es el hueco que succiona al mundo, el desagüe entrópico, la boca negra de un Apocalipsis con fecha posible: 2666.

Como escribió el escritor argentino Gonzalo Garcés: si Macondo (la ciudad imaginaria de las ficciones de García Márquez) es para algunos algo así como el mito de origen de América Latina, la Santa Teresa de Bolaño, es el mito del final. Pero éstas son sólo aproximaciones. La densidad de la prosa de Bolaño (y a esto íbamos con todo este rollo del desierto en nuestro texto), pone en ese mambo con la aparición y la desaparición, con lo habitado y lo no habitado, en ese lugar desértico, poético, al mundo entero conocido. A las culturas (que necesariamente están escritas). La literatura, en su obra, es la vida misma con el vértigo de desierto encima.

En otra de sus novelas, Amuleto, de 1999, leemos una aproximación a la fecha (a ese año) del titulo de su novelón final. Es la protagonista de ésta novela, Auxilio Lacouture, una poeta uruguaya, quien cuenta cómo siguió una noche a Arturo Belano y a Ernesto San Epifanio en su caminata rumbo a la colonia Guerrero, en ciudad de México, adonde los dos poetas se dirigen en busca del llamado Rey de los Putos:
            Y los seguí: los vi caminar a paso ligero por Bucareli hasta Reforma y luego los vi cruzar Reforma sin esperar la luz verde, ambos con el pelo largo y arremolinado porque a esa hora por Reforma corre el viento nocturno que le sobra a la noche, la avenida Reforma se transforma en un tubo transparente, en un pulmón cuneiforme por donde pasan las exhalaciones imaginarias de la ciudad, y luego empezamos a caminar por la avenida Guerrero, (…)la Guerrero, a esa hora, se parece sobre todas las cosa a un cementerio, pero no a un cementerio de 1974, ni a un cementerio de 1968, ni a un cementerio de 1975, sino a un cementerio de 2666, un cementerio olvidado debajo de un párpado muerto o nonato, las acuosidades desapasionadas de un ojo que por querer olvidar algo ha terminado por olvidarlo todo.                

¿Quién fue, es, y será Roberto Bolaño? ¿Un escritor latinoamericano más? ¿Uno de esos compadritos caballerosos a los que les cantó Borges en su poesía, reencarnado en un chileno trotamundos fanático de Jim Morrison y con vocación de detective? ¿Un típico caso del morto qui parla -hit de ventas, Lázaro (re)animado con los hilos del Mercado?

Esto recién comienza. Por ahora, hay que leer. Hay tiempo hasta el 2666.

                                                          Desierto de Rosario, diciembre, 2008.